Enriquerubio.net El blog del Dr. Enrique Rubio

1 abril 2019

CONCEPTO DE SINGULARIDAD

Filed under: FUNCIONES PSIQUICAS — Enrique Rubio @ 18:50

CONCEPTO DE SINGULARIDAD
Característica, cualidad o detalle que distingue a una cosa de otras de la misma clase o especie.
sinónimos: particularidad, peculiaridad

El concepto de singularidad aplicado en el ámbito de la tecnología, hace referencia a ese posible momento futuro en el que las máquinas alcancen una inteligencia igual o superior a la del ser humano, y sean autónomas en tareas como el aprendizaje o el mejoramiento. Es decir, máquinas (ordenadores, robots, programas informáticos…) capaces de aprender por sí solas y de mejorarse a sí mismas y podrían igualar al cerebro humano si adquirieran habilidades emotivas y racionales.
Por el momento el ser humano ya ha creado máquinas que dominan la inteligencia perceptual (reconocimiento de imágenes, de sonido, transcripciones del habla, clasificación de imágenes…) y que incluso pueden crear algoritmos para generar sonidos e imágenes manejando redes adversarias generativas, es decir, que permiten generar nueva información a partir de la que ya se tiene. Realizan todo esto gracias a una base informativa facilitada por un ser humano (un programador, un ingeniero, un informático…), los visionarios expertos creen que entre 2040 o 2050 se habrá conseguido que las inteligencias artificiales construyan desde cero el conocimiento, planificando jerárquicamente la información y entendiéndola.
Antes de hablar de una superinteligencia que quiera aniquilar al ser humano , es necesario tratar de adivinar qué será lo primero que llegue a nuestras sociedades. Antes de tener robots terminators que se adueñen del mundo o programas informáticos que nos esclavicen, habrá situaciones mucho menos excitantes pero que nos pondrán en complicados debates morales, políticos, sociales, jurídicos, filosóficos, éticos y hasta familiares.
La relación con las máquinas es fría y distante, solo realizan la tarea que le hemos ordenado, aunque esta relación distante y de superioridad puede cambiar, cuando veamos a las máquinas de manera distinta.
Los llamados robots de compañía de, enfermos y desvalidos o simples elementos de ocio. Los robots (modelos masculinos y femeninos) tienen proporciones físicas perfectas e incluso varias personalidades programadas.
La relación entre humanos y máquinas se ha basado en el poder del creador, pero si otorgamos cualquier tipo de autoridad a un robot, pueden generarse situaciones inéditas.
La inteligencia artificial no conoce forma física concreta. Es en estos casos de hecho donde vemos el mayor poder de la inteligencia artificial, como ocurre con SkyNet, un programa informático capaz de reconocer objetos y a personas que ha sido instalado en China para garantizar la seguridad (y vigilancia) de todos los ciudadanos. SkyNet tiene más ojos que nadie: 20 millones de cámaras le facilitan imágenes y él se encarga de reconocer facialmente a cada ciudadano.
El debate que surge con la puesta en práctica de este tipo de tecnologías tiene que ver con cuestiones de privacidad, intimidad y derechos de las personas. El aumento de la seguridad casi siempre va atada al descenso de los derechos, pero en el caso de la IA se suma el factor de que es un robot quien invade la intimidad y utiliza con autonomía nuestros datos.
Estamos indefensos ante la vigilancia automatizada, y ante esta situación habrá quien prefiera confiar su seguridad a la inteligencia humana, y otros confiarán más en una inteligencia artificial. Los seres humanos cometemos muchos más errores, sin embargo cuando falla un robot, la alarma es mayor.
Este mismo año 2018 se ha producido el primer atropello mortal causado por un coche inteligente. El determinismo algorítmico y las decisiones automatizadas no siempre aciertan. Las mismas reglas se aplican a los sistemas financieros automatizados. ¿Qué ocurriría si una IA cometiera un accidente manejando flujos de dinero y nos hiciera perder miles de millones?: ¿quién tiene la culpa cuando una inteligencia artificial causa un accidente o comete un delito, la máquina o la persona que la diseñó? Nadie duda que en la actualidad la responsabilidad es de la empresa y los ingenieros detrás de la máquina, pero en unos años este escenario puede cambiar.
¿Dejarías a un algoritmo decidir? Seguramente el determinismo algorítmico no nos importe para el caso de Spotify, que con su inteligencia nos recomienda las canciones que sabe nos van a gustar pero, ¿y en los coches? ¿dejaríamos a la IA que tomara las decisiones que creyera oportunas en la carretera mientras nos lleva a donde le hemos dicho? ¿y en casa? ¿nos parecería bien ceder la cuchara y que fuera una IA quien nos cocinara la comida que sabe que preferimos?
Todas estas cuestiones que se plantean parecen otorgar intencionalidad a las acciones de los robots inteligentes. ¿Realmente serán capaces de tener intenciones? Y, si no hay intencionalidad, ¿se les puede exigir responsabilidad?¿en qué medida las máquinas podrán ser responsables de sus actos?
Aceptar que los robots deben tener una responsabilidad es adjudicarles deberes, y en ese sentido es interesante recordar la propuesta que la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas hizo en el Parlamento Europeo en 2016, en la que se pedía que los robots adquirieran el estatus jurídico de ‘personas electrónicas’ para que, entre otras cosas, tuvieran el deber de pagar impuestos. Según como entendemos las relaciones en sociedad, tener deberes va a acompañado de disfrutar de ciertos derechos. Si se avanza hacia una verdadera inteligencia artificial, los robots podrían adquirir derechos derivados de su trabajo. Ya hay inteligencias artificiales componiendo música o pintando cuadros. ¿A quién pertenecen las obras creadas por robots? ¿a los robots?
En 2017 tuvo impacto la noticia de que un ingeniero chino se había casado con una mujer robot diseñada por él mismo. Más allá de la ridiculización que podamos hacer en la actualidad de este tipo de matrimonios, en un futuro no muy lejano pueden aceptarse socialmente.
El transhumanismo es una corriente que defiende la transformación de la vida humana, evolucionando hacia una especie de ciborgs que combinen lo mejor de nuestra biología con el poder de la tecnología más avanzada. En la actualidad ya hay personas que son “ciborgs”, ya que dependen de la tecnología para cumplir alguna función biológica, pero lo que propone el transhumanismo va mucho más allá, proponiendo transformar la condición humana y mejorar las capacidades humanas. Ya hay un candidato a la presidencia de Estados Unidos que es transhumanista, y en España también existe un partido transhumanista llamado Alianza Futurista. De nuevo, bajo nuestra óptica todo esto parece una locura, pero no deberíamos infravalorar nuestra propia capacidad para evolucionar tecnológicamente. De hecho, parece inevitable que lo hagamos.
Hacia la inevitable singularidad tecnológica
Como dice el neurocientífico y filósofo Sam Harris, teniendo en cuenta lo valioso que son el conocimiento y la tecnología, el ser humano nunca dejará de buscar mejoras en esos campos. El ser humano nunca dejará de progresar tecnológicamente. Nunca ningún gobierno, empresa o institución internacional recomendaría dejar de aprender, dejar de extender las fronteras del conocimiento o dejar de innovar. No concebimos la posibilidad de dejar de hacer mejoras en nuestra tecnología de manera permanente. De esta manera, parece evidente que el ser humano va a seguir progresando tecnológicamente, haciendo sus máquinas cada vez más inteligentes. Lo que nos lleva, inevitablemente, a que tarde o temprano acabaremos desarrollando ordenadores, programas, máquinas y tecnologías más inteligentes que nosotros.

En realidad no importa el momento en el que ocurra o la rapidez del proceso, lo importante realmente es el hecho de que ocurrirá. Llegará tarde o temprano, pero llegará. Ese momento en el que se de la singularidad, y en el que el ser humano no sea el ser más inteligente del planeta. En un escenario en el que máquinas inteligentes sean capaces de crear otras máquinas inteligentes, el ser humano podría sufrir una especie de marginación intelectual, debido a que sería intelectualmente inferior a los robots.
Algunas de las razones que cita Sam Harris para apoyar la idea de que el ser humano alcanzará inevitablemente la creación de inteligencias artificiales superiores son estas:
• El ser humano no se encuentra actualmente en su pico de conocimiento ni de desarrollo. No estamos todavía explotando nuestras capacidades intelectuales ni tecnológicas en todo su potencial. Por lo tanto el ser humano seguirá mejorando estas capacidades, enunciando mejores teorías que expliquen el Universo, conociendo mejor la Naturaleza… y construyendo mejores tecnologías.
• La industria de la inteligencia artificial reporta enormes beneficios económicos. Un factor clave para que las empresas sigan promoviendo avances en este campo, creando un escenario de competición continua que sin duda acelerará los seguros progresos tecnológicos. El primero que consiga crear una superinteligencia artificial habrá ganado la partida. Una peligrosa carrera hacia la singularidad.
La inteligencia es el factor que define la posición en la pirámide de poder animal. Lo que hace poderosos a los seres humanos sobre otras especies no son sus músculos o sus capacidades físicas, sino su inteligencia, su capacidad intelectual.
Que nuestro cerebro sea más inteligente que el cerebro de un delfín o de un chimpancé nos ha permitido acumular cultura y experiencia de generación en generación, y así inventar tecnologías y una organización social complejas. Pero estos atributos que ahora nos ponen en una posición espacial podrían pertenecer luego a las máquinas inteligentes del futuro, que podrían superarnos drásticamente en esa inteligencia que permite la innovación tecnología, la organización compleja, la planificación a largo plazo, etc.

Las especies que han conseguido aprender de la experiencia y planificar pensando en el futuro demuestran tener una inteligencia superior. Las máquinas, siguen necesitando a un programador humano que les otorgue una serie de datos con los que empezar a trabajar. Cuando consigamos crear algoritmos que sean capaces de aprender como lo hace un bebé humano, entonces estaremos muy cerca de crear inteligencias artificiales avanzadas.

En 2011 el famoso concurso Jeopardy tuvo un ganador inusual. Un robot llamado Watson y cargado con una inteligencia artificial diseñada por IBM venció a los demás concursantes demostrando una cultura casi infinita y, lo que es más sorprendente, la capacidad de reconocer el lenguaje humano. Sin duda este hecho fue un paso importante para conseguir inteligencias artificiales complejas.
El momento de singularidad se apoya en argumentos como el potencial de una máquina superinteligente, que excede por mucho a las capacidades humanas. El umbral en el procesamiento de información en una infraestructura artificial se encuentra mucho más allá de los límites del tejido biológico. Para empezar, una neurona biológica manda impulsos a unos 200 hertz, 200 veces por segundo, mientras que incluso un transistor actual opera a la frecuencia de los gigahercios. Las neuronas propagan el impulso lentamente a lo largo de los axones, a un máximo de 100 metros por segundo, pero en los ordenadores, las señales pueden viajar a la velocidad de la luz. Además, hay diferencias físicas relativas al puro tamaño: un cerebro humano tiene que caber dentro de un cráneo, pero un ordenador puede ser del tamaño de un almacén o un edificio.

Las máquinas del futuro como; Terminator, Matrix y el Apocalipsis.que son apuestas de mentes brillantes y estudiosas como la de Stephen Hawking, que aseguraba que “el desarrollo total de la inteligencia artificial podría propiciar el fin de la raza humana”, o Elon Musk, que advierte que “liberar energía es fácil: lo difícil es contenerla”.
¿Sabremos contener el poder de la inteligencia artificial? Se ha demostrado que, a medida que la tecnología mejora, crece su potencial destructivo, y la clave está en el uso que el ser humano hace de ella, quiere evitar que la tecnología con capacidad destructiva caiga en manos de grupos terroristas: no queremos que tengan el poder de destruir nuestra red informática, de acceder a nuestros datos o de diseñar armas autónomas.
En un estadio más avanzado, cuando hayamos sido capaces de desarrollar esta tecnología sin que ningún humano con malas intenciones se aproveche de ella, ¿cómo asegurar que la propia tecnología no se volverá contra nosotros?
Todo es cuestión de perspectiva. No debemos ver a los robots superinteligentes como seres malvados y con ansias de dominar el mundo, sino más bien ponernos en su lugar. ¿Cómo actuamos nosotros ante una hormiga? ¿cómo tratamos a los animales que nos acompañan en este planeta? Son inferiores a nosotros, y los vemos bajo esa óptica. Les podemos tratar bien o mal, pero siempre desde una posición de superioridad y atendiendo a nuestras preferencias.
La IA, llegara a vernos como nosotros vemos a un chimpancé. Sin malas intenciones (todo lo contrario, buscando preservar el mundo y la raza humana), los robots superinteligentes podrían considerar que lo mejor es limitar la población humana, exterminando a unos cuantos millones de personas. Según los cálculos perfectos de los robots, esa decisión sería la mejor entre todas las posibilidades, y beneficiaría tanto a humanos como a máquinas. Esto desde nuestra perspectiva sonaría horrible, pero desde el punto de vista de la IA podría ser la mejor estrategia para el bienestar general.
El ejemplo utilizado lleva al extremo lo que podría ocurrir, y la clave es entender que podemos llegar a un futuro en el que las situaciones y acciones se vean determinadas por las preferencias de las superinteligencias. Al ser los seres más inteligentes y poderosos, hay pocas razones que inviten a pensar que no harían uso de esa posición de superioridad para imponer sus ideas y políticas.

Nos creemos seres infinitamente superiores? ¿acaso no es así como nos ven los demás animales del planeta? Pues hora imaginad un mundo en el que el ser humano no es el animal más inteligente del planeta.
Las capacidades de las IA serán algunas como el aprendizaje más rápido, el trabajo infatigable, habilidades sin error, replicación más numerosa, inmutabilidad emocional… una serie de características que les harán efectivamente superiores a los humanos. Entonces, ¿qué futuro nos espera? ¿Esclavitud de las personas? ¿destrucción del ser humano? ¿dominio total de las maquinas? Un mundo como el de Matrix, donde hombres y máquinas luchan y destruyen el planeta, puede sonar demasiado apocalíptico, pero existe un precedente muy utilizado por los catastrofistas: en 2007 un cañón robotizado mató por error a nueve soldados en Sudáfrica. Evidentemente no lo hizo a propósito, pero la alarma se extiende entre la población: ¿qué harán las armas automatizadas cuando sean inteligentes? ¿cómo seleccionarán sus objetivos? ¿atacarán a población civil para acabar con un terrorista?
En Enero de 2015 una serie de personalidades firmaron un manifiesto advirtiendo de los peligros de la IA, y Hawking ya previó que “los humanos, limitados por una evolución biológica lenta, no podrán competir y serán superados”.
Conseguir diseñar robots inteligentes parece seguro, el reto es crear sistemas artificiales alineados con los valores humanos, y que siempre hagan lo que nosotros queremos que hagan. La pregunta es cómo codificaremos las máquinas para que nunca se vuelvan contra la humanidad.
En 1942 Isaac Asimov propuso una serie de leyes que debían incorporarse a los algoritmos que viajan por el sistema de circuitos y microchips que componen los cerebros positrónicos de los robots. Estas leyes establecen lo siguiente:
1. Un robot no hará daño a un ser humano, ni permitirá con su inacción que sufra daño.
2. Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entrasen en conflicto con la primera ley.
3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley.
Los programadores tendrán que descubrir cómo introducir los valores humanos en una maquina para que no solo siga al pie de la letra nuestra peticiones y órdenes, sino que además entienda la intención tras ellas.
Ian Winfield ya ha demostrado que un robot puede actuar éticamente sin entender nada de ética o moral: puso a una máquina en una situación extrema de tener que salvar a dos personas en peligro de muerte. En vez de escoger una de ellas, el robot automáticamente se decidió por rescatar a las dos.
En el caso de poder crear una IA perfecta, capaz de extrapolar las intenciones que tenemos los humanos, entonces no tendremos de qué preocuparnos. Además, si la inteligencia artificial termina siendo capaz de hacer todo o buena parte de nuestro trabajo intelectual mejor que nosotros, entonces Nick Bostrom asegura que tendremos en nuestras manos el último invento que tendrá que realizar la humanidad.
Si conseguimos crear una IA súper-inteligente, con buenas intenciones, con ética y moral, que no nos haga daño, que nos obedezca, que no destruya a la Humanidad, que funcione con energía solar y que sea servicial… entonces el futuro que se abre ante nosotros es el de Wall-E. En ese momento de singularidad el ser humano ya no tendrá que seguir pensando, innovando, creando, estudiando… el trabajo intelectual lo harán las máquinas. Contando con que del trabajo físico ya se habrán encargado previamente, ya no habrá tareas para las personas.
Estaremos de vacaciones, leyendo, viendo la televisión, haciendo deporte y disfrutando de la vida. Suena muy bien, pero esa sociedad futura se enfrentará a problemas como el desempleo o la obesidad y a debates existenciales profundos. Podremos estar todo el dia jugando a videojuegos, que no se distinguirán mucho de la vida real, y quizás recemos a un Dios digital, a un programa informático, como ya hacen los seguidores de la nueva religión Way to the Future. Que este futuro sea ciencia o ficción depende de nosotros mismos. ¿Hacia dónde vamos como sociedad si seguimos progresando?
Esto es todo muy posible que ocurra, pero determinar el futuro sin un bloque solido de partida es por lo menos, asustante

CELULAS MADRE QUE SON Y QUE HACEN

Filed under: ANATOMIA — Enrique Rubio @ 13:38


Células madre: las células maestras del cuerpo

Las células madre son la materia prima del cuerpo; a partir de ellas se generan todas las demás células con funciones especializadas. Bajo las condiciones adecuadas en el cuerpo o en un laboratorio, las células madre se dividen para formar más células llamadas células hijas.
Estas células hijas se convierten en nuevas células madre (autorrenovación) o en células especializadas (diferenciación) con una función más específica, como células sanguíneas, células cerebrales, células del músculo cardíaco o células óseas. Ninguna otra célula del cuerpo tiene la capacidad natural de generar nuevos tipos de células.
Los estudios con células madre puedan ayudar a lo siguiente:
• Aumentar la comprensión sobre cómo ocurren las enfermedades.
• Generar células sanas para reemplazar las células enfermas (medicina regenerativa). .
Las personas que podrían beneficiarse de las terapias con células madre incluyen aquellas con lesiones de la médula espinal, diabetes tipo 1, enfermedad de Parkinson, esclerosis lateral amiotrófica, enfermedad de Alzheimer, enfermedad cardíaca, accidente cerebrovascular, quemaduras, cáncer y osteoartritis.
..
• Probar nuevos medicamentos en cuanto a seguridad y eficacia. Antes de usar medicamentos experimentales en personas, los investigadores pueden usar algunos tipos de células madre para probar la seguridad y calidad de los medicamentos. .
Por ejemplo, se pueden generar células nerviosas para probar un nuevo medicamento para una enfermedad nerviosa. Las pruebas podrían mostrar si el nuevo medicamento tuvo algún efecto sobre las células y si las células fueron dañadas.

Son varias las fuentes de células madre:
• Células madre embrionarias.
• provienen de embriones que tienen de tres a cinco días de vida. En esta etapa, un embrión se llama blastocisto y tiene alrededor de 150 células.
Estas son células madre pluripotentes, lo que significa que pueden dividirse en más células madre o pueden convertirse en cualquier tipo de célula del cuerpo. Esta versatilidad permite que las células madre embrionarias se utilicen para regenerar o reparar tejidos y órganos enfermos.
• Células madre adultas. Estas células madre se encuentran en pequeñas cantidades en la mayoría de los tejidos adultos, como la médula ósea o la grasa. En comparación con las células madre embrionarias, las células madre adultas tienen una capacidad más limitada para generar diferentes células del cuerpo.
Las células madre de la médula ósea podrían crear células óseas o del músculo cardíaco.
• Células adultas modificadas para que tengan las propiedades de las células madre embrionarias (células madre pluripotentes inducidas). Mediante la reprogramación genética. Al modificar los genes de las células adultas, los investigadores pueden reprogramar las células para que actúen de manera similar a las células madre embrionarias.
• Células madre perinatales. Los investigadores han descubierto células madre en el líquido amniótico, así como en la sangre del cordón umbilical. Estas células madre también tienen la capacidad de convertirse en células especializadas.
• Las células madre embrionarias se obtienen a partir de embriones en etapa temprana, un grupo de células que se forman cuando el óvulo de una mujer es fecundado con el espermatozoide de un hombre en una clínica de fertilización in vitro. Debido a que las células madre embrionarias humanas se extraen de embriones humanos, se han planteado varias preguntas y cuestiones sobre la ética de la investigación con células madre embrionarias.
Los National Institutes of Health (Institutos Nacionales de Salud) crearon pautas para la investigación con células madre humanas en 2009. Las pautas definen a las células madre embrionarias y cómo pueden utilizarse en la investigación, e incluyen recomendaciones para la donación de células madre embrionarias. Además, las pautas establecen que las células madre embrionarias de embriones creados mediante fertilización in vitro solo se pueden utilizar cuando el embrión ya no es necesario.
Los embriones que se utilizan en la investigación de células madre embrionarias provienen de óvulos que fueron fertilizados en clínicas de fertilización in vitro pero que nunca fueron implantados en el útero de una mujer. Las células madre son donadas con el consentimiento informado de los donantes. Las células madre pueden vivir y crecer en soluciones especiales en tubos de ensayo o placas de Petri en los laboratorios.
Las células madre adultas podrían no ser tan versátiles y duraderas como las células madre embrionarias. Las células madre adultas también son más propensas a tener alteraciones debido a peligros ambientales, tales como toxinas, o por errores adquiridos por las células durante la replicación. Sin embargo, los investigadores han descubierto que las células madre adultas son más adaptables de lo que se pensaba al principio.
Pueden tomarse grupos de células de una línea de células madre y congelarse para su almacenamiento o compartirlos con otros investigadores.
La terapia con células madre, también conocida como medicina regenerativa, promueve la reparación de tejidos enfermos, disfuncionales o lesionados utilizando células madre o sus derivados. Los investigadores cultivan células madre en un laboratorio. Estas células madre se manipulan para especializarse en tipos específicos de células, como células del músculo cardíaco, células sanguíneas o células nerviosas.
Los investigadores ya han demostrado que las células adultas de médula ósea guiadas para convertirse en células similares a las del corazón pueden reparar el tejido cardíaco en las personas, y hay más investigación en curso.
Se han realizado trasplantes de células madre, también conocidos como trasplantes de médula ósea. En estos trasplantes, las células madre reemplazan a las células dañadas por la quimioterapia o la enfermedad o sirven como una forma en que el sistema inmunológico del donante combate ciertos tipos de cáncer y enfermedades relacionadas con la sangre, como la leucemia, el linfoma, el neuroblastoma y el mieloma múltiple. Estos trasplantes utilizan células madre adultas o sangre del cordón umbilical.
Se han descubierto formas de orientar a las células madre para que se conviertan en tipos específicos de células, por ejemplo, orientar células madre embrionarias para que se conviertan en células del corazón. Las células madre embrionarias también pueden crecer de forma irregular o especializarse en diferentes tipos de células espontáneamente.
Las células madre embrionarias también pueden desencadenar una respuesta inmunitaria en la que el cuerpo del receptor ataca a las células madre como si fuesen invasores extraños. Las células madre también pueden no funcionar normalmente, con consecuencias desconocidas
La clonación terapéutica, también llamada transferencia nuclear de células somáticas, es una técnica para crear células madre versátiles e independientes de los óvulos fertilizados. En esta técnica, el núcleo, que contiene el material genético, se extrae de un óvulo no fertilizado. El núcleo también se extrae de la célula de un donante.
Este núcleo de donante se inyecta en el óvulo, reemplazando al núcleo que fue extraído, en un proceso llamado transferencia nuclear. El huevo se divide y pronto forma un blastocisto. Este proceso crea una línea de células madre que es genéticamente idéntica a las células del donante: en esencia, un clon.
Algunos investigadores creen que las células madre derivadas de la clonación terapéutica pueden ofrecer beneficios respecto de las de los óvulos fertilizados, porque es menos probable que las células clonadas sean rechazadas una vez trasplantadas de nuevo al donante y pueden permitir que los investigadores vean exactamente cómo se desarrolla una enfermedad.
Los investigadores no han podido realizar con éxito la clonación terapéutica con seres humanos a pesar del éxito en otras especies.
Sin embargo, en estudios recientes, los investigadores han creado células madre pluripotentes humanas al modificar el proceso de clonación terapéutica. Los investigadores continúan estudiando el potencial de la clonación terapéutica en las personas.
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….
Las células madre se identificaron y caracterizaron en la médula ósea en los años 50 y 60, en un esfuerzo por comprender y tratar las consecuencias de la exposición a la radiación después de la Segunda Guerra Mundial. Aquellas células hematopoyéticas eran raras, se dividían con lentitud y podían renovarse y diferenciarse en cualquier tipo celular sanguíneo. Fue el comienzo de los trasplantes de médula ósea y de una carrera investigadora para descubrir otras células madre regeneradoras de lesiones y enfermedades. En 1998, James Thomson anunció en Science la primera derivación de células madre embrionarias humanas; poco después se descubrían células madre en los tumores, y en 2007 el equipo de Yamanaka informó del hallazgo de las células madre pluripotentes inducidas (iPS), revirtiendo la diferenciación celular a un estado cuasi-embrionario. Desde entonces, el pulso entre embrionarias e iPS se ha ido decantando hacia estas últimas: son más fáciles de derivar, no implican reparos éticos y tienen menos riesgo de rechazo y de teratogenicidad. Basta echar un vistazo al Banco Nacional de Líneas Celulares del Instituto de Salud Carlos III, y a otros bancos similares en el mundo, para apreciar quién se ha impuesto.
La fiebre del oro celular iniciada en 1998 ha originado miles de estudios sobre la conversión de estas células pluripotentes (embrionarias e iPS) en numerosos tejidos y organoides, aunque su traslación a la clínica apenas ha comenzado: al igual que otros grandes avances básicos, la terapia celular o medicina regenerativa se está encontrando con más obstáculos de los previstos. Aun así, en el imaginario popular las células madre se presentan como una entidad mágica con efectos rejuvenecedores. De ahí que su aparentemente fácil aislamiento de la médula o del tejido adiposo haya impulsado una industria descontrolada -casi 400 compañías en Estados Unidos y 600 clínicas específicas- que promete aliviar dolores, curar lesiones medulares, ictus y cartílagos deshechos, y que amparándose en el sufrimiento ajeno inyecta más placebo que soluciones, por no hablar de los riesgos de una práctica asilvestrada que ha causado infecciones, cegueras, parálisis y muertes.
En la raíz del hechizo que suscitan, y de los fracasos que cosechan, se camufla cierto desconcierto científico y una enorme desorientación de la opinión pública sobre el origen, potencialidad y funcionalidad de los distintos tipos de células troncales: desde las totipotentes a las fetales y mesenquimales.
El genetista molecular Hans Clevers, director del Instituto Hubrecht, de la Universidad holandesa de Utrecht, explicaba en diciembre pasado en Proceedings of the Nacional Academy of Sciences que el éxito de las células hematopoyéticas ha “contaminado” el campo de la terapia celular. Muchos tejidos, como la piel, se reparan a sí mismos de maneras muy ingeniosas y distintas; no hay una estrategia común. Los numerosos tipos de células madre expresan genes diferentes y marcadores específicos de cada tejido, se dividen a ritmos diversos y en cantidades diferentes. Clevers coordinaba un trabajo en el que enterraba la existencia de células madre cardiacas, uno de los tesoros más buscados por los científicos: la regeneración del corazón infartado ha propiciado hasta ahora más de 200 ensayos sin resultados llamativos. Símbolo de esta frustración es el auge y caída del italiano Piero Anversa, del Hospital Brigham and Women’sy de la Universidad de Harvard, y uno de los líderes mundiales en regeneración cardiaca: ya se han retirado 31 trabajos suyos en revistas científicas de primera línea por incorrecciones y falsificaciones. Esto no descarta otras vías regeneradoras del corazón a través, por ejemplo, de la reprogramación en cardiomiocitos de otras células madre.
Mientras se van descubriendo células madre en varios tejidos, el corazón y el cerebro son lógicamente los órganos en los que más se batalla y discute sobre su auto o heterorregeneración. El hígado, apunta Clevers, sería el epítome de la regeneración eficiente de órganos: todas sus células diferenciadas pueden actuar como células madre cuando sea necesario. Y añade que sería más útil descubrir cómo un tejido en particular activa sus células madre peculiares, que identificar células madre genéricas, “un espectro nebuloso, variable en potencia y comportamiento”, que obstaculiza los avances y los consensos científicos.
Pamela Robey, bióloga de los Institutos Nacionales de la Salud de Estados Unidos, sugería en Nature que unas células madre aisladas hacía poco en tejido óseo podrían ser en realidad células progenitoras, por tanto, no multipotentes sino unipotentes. Y con ese motivo aludía al debate sobre la capacidad de las tan famosas y omnipresentes células madre mesenquimales, que la mayoría de los investigadores ya no las consideran células madre. En el año 2017 se publicaron 3.500 estudios científicos bajo el paraguas de células madre mesenquimales.
Según Robey, muchas serían de otro tipo, sobre todo progenitoras, y con niveles diversos de multipotencia. “El nombre no debería usarse tan a la ligera”. La designación fue acuñada en 1991 por el biólogo Arnold Caplan, de la Universidad Case Western Reserve, para describir células del estroma de la médula ósea que podrían dar lugar a hueso y cartílago. Desde entonces se han aislado células mesenquimales en varios tejidos. En 2006 la Sociedad Internacional de Terapia Celular propuso el nombre de células estromales mesenquimales multipotentes. Pero apenas se ha hecho caso de aquella sugerencia. “Distinguir mediante la genómica y la transcriptómica la función y potencia de cada célula madre que se vaya aislando ayudaría a clarificar un campo bastante confuso”, concluía Robey.
Bibliografia
1998, James Thomson anunció en Science
2007 el equipo de Yamanaka informó del hallazgo de las células madre pluripotentes inducidas
Multipotencia. “La designación fue acuñada en 1991 por el biólogo Arnold Caplan, de la Universidad Case Western Reserve,
2006 la Sociedad Internacional de Terapia Celular propuso el nombre de células estromales mesenquimales multipotentes.
Hans Clevers, del Instituto Hubrecht, Proceedings of the Nacional Academy of Sciences
Piero Anversa, Hospital Brigham and Women’sy . Universidad de Harvard,
Pamela Robey, bióloga de los Institutos Nacionales de la Salud de Estados Unidos, Nature

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